
Lo que la mala suerte no puede quitarte
Lo que la mala suerte no puede quitarte. Por Gustavo Picolla
Hace unos años escuché a una persona decir algo que probablemente todos hemos pensado alguna vez:
—No sé qué pasa, pero tengo una mala suerte bárbara.
Lo decía convencida. Como si una fuerza invisible se hubiera ensañado con ella. Y, siendo sincero, durante algunos momentos de mi vida yo también lo pensé.
Cuando una relación termina inesperadamente, cuando perdemos un cliente importante, cuando un proyecto al que le dedicamos tiempo y energía fracasa, cuando aparece un problema de salud, cuando las cosas no salen como esperábamos. Es natural preguntarse: ¿Por qué me pasa esto a mí?
Quizás porque nuestro cerebro necesita encontrar explicaciones. Nos cuesta convivir con la incertidumbre y todavía más con la idea de que algunas cosas simplemente ocurren. Por eso inventamos explicaciones. A veces culpamos a la economía, a veces al gobierno, a veces a otras personas y otras veces recurrimos a una explicación más simple: "He tenido mala suerte."
La realidad es que, si somos honestos, hay acontecimientos que parecen responder únicamente al azar. Nadie elige sufrir un accidente, nadie elige una enfermedad, nadie elige que una tormenta destruya una cosecha. Hay situaciones que simplemente ocurren. Sin embargo, después de muchos años acompañando personas y organizaciones, he observado algo interesante, las personas que más crecen no son necesariamente las que tuvieron mejor suerte. Son las que desarrollaron una relación diferente con lo que les sucede.
Mientras algunas construyen una identidad alrededor de sus desgracias, otras convierten esas mismas experiencias en aprendizaje. Mientras unas utilizan la mala suerte para explicar por qué no pueden avanzar, otras la utilizan para desarrollar recursos que jamás habrían descubierto en tiempos fáciles.
Y aquí aparece algo que me resulta fascinante, dos personas pueden atravesar situaciones muy parecidas y obtener resultados completamente distintos. No porque una haya tenido suerte y la otra no, sino porque cada una construyó una historia diferente sobre lo ocurrido.
Hace más de dos mil años, Séneca escribió una frase que sigue teniendo vigencia: "La suerte es lo que sucede cuando la preparación se encuentra con la oportunidad." Esta definición desafía la idea tradicional que tenemos sobre la suerte porque normalmente pensamos en ella como algo completamente externo, algo que llega o no llega, independientemente de nosotros. Sin embargo, Séneca introduce otro elemento: la preparación.
La oportunidad puede aparecer para muchas personas al mismo tiempo. Un nuevo trabajo, un cliente potencial, una relación, una crisis que obliga a reinventarse o una puerta que se abre inesperadamente. Lo que suele marcar la diferencia no es únicamente la oportunidad, sino quién está preparado para verla, aprovecharla y actuar en consecuencia.
Quizás por eso algunas personas parecen tener más suerte que otras. No necesariamente porque el destino las haya elegido, sino porque llevan años preparándose para oportunidades que todavía no habían llegado. Cuando finalmente aparecen, desde afuera parece suerte. Desde adentro, muchas veces es el resultado de decisiones, aprendizajes y esfuerzos acumulados durante mucho tiempo.
La historia que nos contamos importa, mucho. Porque terminamos actuando de acuerdo con ella. Si me convenzo de que tengo mala suerte, comenzaré a ver pruebas de ello por todas partes. Cada problema confirmará mi teoría, cada dificultad reforzará mi creencia, cada obstáculo será una evidencia más de que el mundo juega en mi contra, y sin darme cuenta, comenzaré a esperar poco de mí mismo.
Por el contrario, si acepto que algunas cosas escapan a mi control, pero que sigo teniendo capacidad para influir en mi futuro, mi mirada cambia. No desaparecen los problemas, no desaparecen los fracasos, no desaparecen los dolores. Pero desaparece la sensación de impotencia. Quizás por eso la verdadera diferencia entre las personas no esté en la suerte que tuvieron, está en el significado que le dieron a lo que les ocurrió.
Porque la suerte puede influir en algunos acontecimientos de nuestra vida, lo que no debería hacer es definir quiénes somos. Ni determinar lo que seremos.
La próxima vez que te descubras pensando que tienes mala suerte, tal vez valga la pena detenerte un instante, no para negar lo que ocurrió ni para disfrazar el dolor. Tampoco para fingir optimismo, simplemente para recordar que, aun cuando no elegimos todo lo que nos sucede, siempre conservamos la libertad de decidir qué hacer con ello.
Y esa decisión suele tener mucho más impacto en nuestra vida que cualquier golpe de suerte.

